La situación en Yemen ha evolucionado de tal manera que la ecuación del poder ya no se mide simplemente por la fuerza militar, el armamento o el territorio que controla cada actor involucrado, sino que se ha transformado en un complejo juego de estrategia. Cada facción ahora debe considerar no solo cómo gobernar el territorio, sino también cómo evitar que su oponente utilice su propia fuerza. Esta nueva dinámica ha permitido a las organizaciones armadas en Yemen manipular el momento de la confrontación, controlar el nivel de escalada y trasladar el costo del conflicto a sus adversarios, transformando el paisaje de la guerra en un tablero de ajedrez político donde cada movimiento cuenta.
Desde finales de 2025, las transformaciones en el sur de Yemen han revelado fracturas significativas que trascienden el conflicto directo entre las potencias locales y el gobierno central. La rivalidad entre las fuerzas saudíes y el Consejo de Transición del Sur ha puesto de manifiesto una división interna dentro del bloque anti-Houthi, lo que era hasta ahora una coalición supuestamente unificada. La reciente toma de Mukalla y áreas significativas en Hadhramout por parte de formaciones salafistas-jihadistas, bajo el respaldo de Arabia Saudita, no solo pone en evidencia la incompetencia de la estrategia saudí, sino que también marca un cambio alarmante en el equilibrio de poder entre las fuerzas que deberían aliarse contra los hutíes.
La paradoja se hace evidente cuando se considera que los mismos grupos que Arabia Saudita estaba tratando de controlar dentro del sur son aquellos que fueron formados para combatir tanto a Al-Qaeda como a los hutíes. Esta contradicción no solo ha debilitado las estructuras internas anti-Houthi, sino que también ha ofrecido a los hutíes una ventaja estratégica al distorsionar el enfoque de la coalición. Con el desvío del foco hacia la redistribución del poder en vez de la contención del enemigo principal, los hutíes han logrado reforzar su fuerza y sus capacidades operativas, lo que les permite afirmar su dominación en el conflicto.
A medida que la cohesión del frente anti-Houthi se desmorona, surge la pregunta crítica de cómo este cambio de prioridades impactará la lucha contra los hutíes. La intervención de Arabia Saudita al bombardear las fuerzas del Consejo de Transición ha dejado a este último no solo en una posición más débil, sino que también ha demostrado cómo las decisiones militares pueden tener repercusiones devastadoras en la compleja red de alianzas y capacidades que han existido desde el inicio del conflicto. Este dilema destaca la falta de una estrategia coherente por parte de Riad, que busca mantener un control sobre Yemen sin permitir que ningún actor gane definitivamente.
Además, el debilitamiento de las fuerzas del Consejo de Transición no se limita a un simple cambio en el despliegue militar. La existencia de estas fuerzas está intrínsecamente ligada a la seguridad de múltiples áreas del sur, donde su experiencia fue clave en la lucha contra Al-Qaeda. La reestructuración forzada de estas unidades conlleva la pérdida de conocimiento crucial y relaciones locales, lo que complica aún más la ya frágil situación de seguridad. En este contexto, los hutíes han capitalizado sobre este caos, adoptando una estrategia de disuasión que no solo busca evitar ataques directos, sino que también tiene como objetivo impedir el resurgimiento de capacidades militares entre sus oponentes.
















