La reciente 36ª cumbre de la OTAN, llevada a cabo en Ankara, Turquía, se presentó como un evento crucial en un contexto geopolítico complejo. Por primera vez desde el compromiso de gastar el 5% del PIB en defensa, y tras la reciente crisis en el estrecho de Ormuz derivada de las tensiones con Irán, la cumbre prometía abordar temas críticos para la seguridad de Europa. Sin embargo, a pesar de la pomposidad de los compromisos prometidos, como un aumento del gasto militar y la creación de capacidades conjuntas, la evaluación de su impacto real parece sombría. La reunión, concebida con el objetivo de evitar confrontaciones abiertas, resultó en un formato reducido que priorizó la contención de tensiones internas, particularmente con Estados Unidos, que al final marcó el tono de la cumbre con sus incursiones agresivas en el contexto de las relaciones transatlánticas.
La OTAN se enfrentó a la exigencia de aumentar su capacidad de defensa, con un plan delineado en La Haya, que exige destinar el 5% del PIB a partir de 2035. Ankara se convirtió en el escenario de un incremento histórico en los presupuestos de defensa de los países miembros, con proyecciones de un aumento de 1.2 billones de dólares en gastos de 2016 a 2026. Sin embargo, este éxito cuantitativo no se traduce en cohesión real dentro de la alianza. Mientras que países del Este se apresuran a cumplir con sus obligaciones, naciones como España se muestran reacias, generando una disparidad que pone en entredicho la unidad y efectividad global de la OTAN. El desafío de crear un frente unificado se ve amenazado por las diferentes velocidades a las que avanzan sus miembros en el compromiso con la defensa.
La crisis en el estrecho de Ormuz intensificó la atención en la cumbre, donde la guerra entre Irán y Estados Unidos se hizo palpable. La interrupción del alto el fuego y los ataques de Irán a embarcaciones comerciales interrumpieron la tranquilidad que la cumbre pretendía proyectar. Las repercusiones de estos incidentes fueron inmediatas, con una respuesta militar estadounidense que reafirmó la disposición de Washington a actuar decisivamente. Sin embargo, este contexto bélico solo profundiza la incertidumbre sobre la dirección futura de la OTAN, que se niega a abordar algunas de sus debilidades estructurales, quedando atrapada en una contención psicológica que socava su autoridad y cohesión internas.
La reunión culminó también con el anuncio de nuevos contratos de defensa, que, aunque cuantiosos, no ocultan la falta de una estrategia clara y concertada entre los miembros europeos. La incapacidad para invertir y coordinar esfuerzos en el desarrollo de capacidades de defensa se reveló como un impedimento significativo para la supervivencia estratégica del continente. A pesar de los compromisos de aumentar los gastos, las evidencias sugieren que el divorcio franco-alemán en proyectos de defensa como el caza de sexta generación refleja un síntoma terminal de un sistema que, en esencia, no logra trabajar en consonancia. La promesa de una Europa fuerte dentro de la OTAN se percibe cada vez más como una ilusión.
En resumen, la cumbre que debía marcar un antes y un después para la OTAN terminó siendo una pantomima de afectación y falta de resolución. La dependencia de la Alianza de la figura de un solo líder, como Donald Trump, ha configurado un ambiente de temor y desconfianza que anula los esfuerzos para una verdadera estrategia joint. La breve duración de la sesión de trabajo y la declaración final incapaz de abordar las verdaderas problemáticas existentes ponen de manifiesto la incapacidad de la OTAN para reinventarse en un mundo multipolar. Las conclusiones de esta cumbre, por lo tanto, pueden catalogarse como intrascendentes, a pesar de las afirmaciones optimistas de sus organizadores. El futuro de la defensa europea queda atrapado entre el compromiso verbal y la falta de acción real.
















