Marruecos se enfrenta a un urgente dilema en la atención a las personas mayores, ya que el modelo familiar tradicional que por generaciones ha sostenido a este colectivo comienza a desmoronarse. Con el incremento de la urbanización, la emigración de los jóvenes en busca de mejores oportunidades y la creciente inclusión de las mujeres en el mercado laboral, muchas familias ya no pueden brindar el apoyo necesario a sus ancianos. Esta situación se agudiza a medida que la población envejece rápidamente, proyectándose que para 2030 habrá 5,8 millones de personas mayores de 60 años en el país. Sin alternativas formales de cuidado, el riesgo de aislamiento social y desatención de sus necesidades de salud se convierte en una realidad alarmante.
La contribución de las personas mayores a la sociedad marroquí es invaluable, no solo como guardianes de la cultura y tradiciones, sino también como líderes comunitarios. Las abuelas amazigh, por ejemplo, son fundamentales en la preservación de la lengua y las costumbres de su pueblo, mientras que las personas mayores judías desempeñan un papel crucial en la conservación del patrimonio sefardí, lo que pone de manifiesto la rica diversidad cultural del país. Sin embargo, la falta de inversión en un sistema de cuidados formal que respete y potencie estos roles culturales incrementa la vulnerabilidad de este segmento de la población, que a menudo se enfrenta a la soledad y el olvido.
Las proyecciones demográficas del Alto Comisionado para la Planificación muestran que la población mayor de 60 años representará el 15,4% de la población total para el año 2030. La dependencia del cuidado informal sigue siendo la norma, impulsada por las costumbres culturales que enfatizan el deber familiar y la necesidad de los hogares de cuidar a sus miembros mayores. Sin embargo, el estigma que todavía pesa sobre las residencias para ancianos sugiere una resistencia cultural a la atención institucional, pese a que muchas familias en áreas urbanas están comenzando a considerar estas opciones ante la creciente demanda y las exigencias de la vida moderna.
Desde un punto de vista económico y social, la jubilación en Marruecos es a menudo fuente de preocupación, ya que solo un pequeño porcentaje de los mayores recibe una pensión adecuada. La mayor parte de los cuidados son proporcionados por mujeres en un modelo de dedicación no remunerada, que no solo limita su desarrollo personal, sino que también acelera el deterioro físico y emocional de los ancianos. Sin embargo, la clase media urbana muestra una creciente aceptación hacia alternativas formales que permiten mejorar la calidad de vida de sus mayores, sugiriendo un cambio en la percepción acerca del cuidado institucional.
Para abordar estos desafíos, es fundamental que Marruecos implemente una estrategia nacional centrada en la atención a las personas mayores. Esta estrategia debe incluir la creación de centros comunitarios que ofrezcan atención médica y programas de socialización, la capacitación de jóvenes como cuidadores y la inclusión de seguros de salud para los ancianos. Además, es vital fomentar el respeto hacia la ancianidad dentro de los planes educativos, promoviendo así una mayor integración y cohesión entre generaciones. Solo transformando la atención a las personas mayores en una responsabilidad conjunta entre el Estado, la sociedad civil y el sector privado, Marruecos podrá salvaguardar el bienestar social y preservar la rica memoria cultural que sostiene su identidad.
















