El 10 de septiembre de 2023, Israel llevó a cabo un ataque estratégico en el sur del Líbano, destruyendo un centro de mando subterráneo y depósitos de armas pertenecientes a Hezbollah, situados bajo la cresta de Ali al-Tahir, a unos 16 kilómetros de la frontera. Esta acción se inscribe en la serie de operaciones militares israelíes dirigidas a debilitar las capacidades de Hezbollah, que históricamente ha sido considerado uno de los aliados más cercanos de Irán en la región. La eliminación de estas instalaciones no solo representó un golpe significativo para Hezbollah, privándolo de una posición fortificada y estratégica, sino que también añadió presión a uno de los principales aliados de Irán, que ya ha sufrido la pérdida de comandantes clave y una parte considerable de su arsenal en los últimos años.
Mientras tanto, en un giro del mapa geopolítico de la región, los hutíes en Yemen han estado avanzando, ganando control sobre áreas a lo largo de la costa del Mar Rojo y acercándose a la posesión de Bab al-Mandab, un pasaje considerado vital que conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén. Esta expansión en Yemen puede interpretarse como una maniobra para fortalecer la influencia de Irán mediante el apoyo de sus aliados no estatales, echando por tierra parte de la narrativa de debilitamiento que rodea a Teherán tras los recientes reveses en Siria y Líbano. Así, lo que se observa es un cambio de territorio que, aunque puede no ser directamente administrado por Irán, seguramente forma parte de su estrategia regional más amplia.
Con la caída de Assad en Siria y el estrechamiento del control sobre Hezbollah, la influencia de Irán en el Levante ha disminuido; sin embargo, esta guerra también ha brindado a Teherán nuevas oportunidades de apalancamiento, especialmente en relación a las rutas fluviales esenciales para el comercio y la exportación de energía. La capacidad de Irán de proyectar poder a través de alianzas en el norte de África, medio oriente y el océano Índico a través de grupos armados le ha permitido mantener un cierto grado de influencia incluso en momentos de adversidad. Las acciones de los hutíes en Yemen y las milicias en Irak son parte de este ascendente poder en el entorno marítimo, traduciéndose en una presión renovada sobre la seguridad de las rutas comerciales globales.
Además, los hutíes también han hecho sentir su poder al amenazar el tráfico marítimo en el Mar Rojo, modificando las dinámicas de la seguridad de las exportaciones de petróleo sauditas y forzando a las compañías navieras a enfrentar costos elevados debido a la incertidumbre en el tránsito. Aunque aseguran que atacan solo a buques vinculados a Arabia Saudita, esta acción está intrínsecamente ligada a la realidad de que el simple riesgo de enfrentamiento puede alterar el comercio marino de una manera que beneficia a Teherán. De este modo, se crea una interrelación entre los intereses de los hutíes, que buscan consolidar su dominio territorial, y los objetivos más amplios de Irán en la región.
Por otro lado, el panorama geopolítico muestra que a pesar de enfrentar enormes presiones económicas y militares, Irán sigue teniendo la capacidad de imponer costos a sus adversarios en diferentes frentes. A medida que continúan los ataques intermitentes a instalaciones de exportación de petróleo y oleoductos, queda claro que la vulnerabilidad de Arabia Saudita se extiende a múltiples frentes: desde el Mar Rojo hasta el Golfo Pérsico. La interacción entre estos puntos vulnerables no solo amplifica la amenaza que representa Irán, sino que también complica la toma de decisiones para sus vecinos, que se encuentran atrapados en un dilema: cómo navegar la tensión elevada sin sacrificar su seguridad económica y política.
















