La transformación de la clase trabajadora en Brasil está teniendo un impacto significativo en las elecciones presidenciales, reflejando un cambio drástico en las dinámicas socioeconómicas del país. En Osasco, un municipio caracterizado por su legado industrial que se ha ido transformando en un centro comercial y tecnológico, se observa cómo los electores han modificado sus preferencias políticas en un contexto donde las fábricas han sido reemplazadas por tiendas y aplicaciones de entrega. A pesar de que en 2022 el presidente Lula fue el elegido, las elecciones recientes mostraron un notable giro hacia Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, lo que pone en duda la capacidad de Lula para retener su poder frente a una clase trabajadora que ha cambiado por completo su composición y sus prioridades.
Gilberto Almazan, líder sindical en Osasco, expresa su preocupación por la evolución de la clase trabajadora, que ahora comprende mayormente a trabajadores de servicios en lugar de operarios industriales. Esta metamorfosis ha sido acompañada por una disminución significativa de la manufactura en la región, lo que ha llevado a la desindustrialización y a un nuevo campo laboral que no encuentra representatividad en políticas tradicionales como las de Lula, quien se construyó como un ícono de la clase obrera. Las fábricas que una vez representaron una fuente de empleo se han desvanecido, dando paso a un paisaje donde la precariedad y la inestabilidad son la norma, cuestionando así el legado del ex presidente.
El descontento de la clase trabajadora se manifiesta también en las voces de apoyo a Bolsonaro, quien ha capitalizado el deseo de cambio en un Brasil cada vez más frustrado con la dirección económica del país. A pesar de la retórica de cambio que Bolsonario ofrece, muchos votantes expresan su incertidumbre sobre las especificidades de su plataforma. Sin embargo, la promesa de reforma y una respuesta a los problemas de la delincuencia y la corrupción son suficientes para que personas como la abogada Gisele Bonfim se alejen de Lula y busquen alternativas que, aunque problemáticas, parecen ser atractivas ante la falta de soluciones efectivas por parte del oficialismo.
La campaña nuevamente activa de Lula pretende movilizar a aquellos que se han distanciado del voto, buscando revitalizar el apoyo electoral en un contexto donde la abstención ha sido notoria, especialmente entre los más jóvenes y empleados precarios. Lula enfrenta el reto de convencer a los votantes desencantados que piensan que su participación no cambiará nada. Con grandes manifestaciones y un enfoque renovado en las redes sociales, el ex presidente intenta presentar una imagen dinámica que contrarrestre las críticas de que su tiempo ha pasado. Sin embargo, en barrios como Maré, en Río de Janeiro, el impacto de las iniciativas sociales que él promovió aún resuena, aunque con elevadas tasas de abstención que podrían poner en peligro sus posibilidades en la segunda vuelta.
Además de las transformaciones económicas, la creciente influencia de las iglesias evangélicas en comunidades de clase trabajadora está marcando una nueva pauta en el panorama político. Estas congregaciones no solo ofrecen apoyo social, sino que también actúan como plataformas políticas que suelen respaldar a candidatos como Flávio Bolsonaro. Si bien muchos electores ven en la religión un refugio y una guía moral, el contraste de opiniones sobre cómo abordar temas sociales y económicos importantes revela una división palpable que podría definir el futuro inmediato de Brasil. A medida que se acerca la segunda vuelta, la batalla por el corazón de la nueva clase trabajadora se intensifica, en la que las promesas de cambio de Bolsonaro se enfrentan a la historia y legado de Lula.
















