En Colombia, un cambio legislativo significativo ha tenido lugar, marcando un hito al convertirse en el primer país de América Latina en prohibir la mutilación genital femenina (MGF). Este avance no ha sido sencillo; representa años de esfuerzos por parte de activistas y comunidades afectadas que han luchado para erradicar esta práctica dañina que afecta desproporcionadamente a las niñas en diversas comunidades. A pesar del hecho de que la MGF está oficialmente prohibida, todavía persisten relatos escalofriantes y dolorosos que evidencian la prevalencia oculta de esta práctica, tal y como lo describe Carla Quiñonez, quien ha compartido la impactante experiencia de su hija y la lucha que enfrenta su comunidad.
La historia de Quiñonez revela una compleja trama cultural y familiar, donde las tradiciones antiguas chocan con los nuevos movimientos feministas y de derechos humanos. Su abuela, al someter a su nieta a la MGF sin su conocimiento, nos muestra el desafío que enfrentan muchas mujeres que se encuentran entre dos generaciones con diferentes visiones acerca del cuerpo femenino. Cuando la pequeña fue devuelta a su madre después de ser sometida al procedimiento, su estado de salud era alarmante, lo que desató la ira y la desesperación de Quiñonez. Sin embargo, la respuesta de su abuela subraya el profundo arraigo de normas culturales que no solo castigan el cuerpo de las mujeres, sino que también perpetúan el silencio alrededor de estas prácticas.
La impactante realidad de la MGF en Colombia está documentada en estadísticas reveladoras. Desde 2020 hasta mediados de 2026, se han registrado 240 casos, la mayoría de ellas en niñas menores de seis años. La pediatra Diana Ramos Mosquera, que trata a pacientes en el Hospital Universitario San Jorge, ha advertido que estos números probablemente son solo una fracción de la verdad, ya que muchas víctimas no se presentan a clínicas ni hospitales. Ramos describe casos desgarradores que han llegado a su consulta, como el de una niña cuyo cuerpo fue marcado por cicatrices severas, un recordatorio perpetuo de una violencia que no solo es física, sino que también trasciende a lo emocional y psicológico.
La comunidad Emberá, una de las más grandes de Colombia, es un reflejo de cómo las prácticas culturales y la historia se entrelazan. Algunos miembros sostienen que la MGF proviene de tradiciones que se remontan a siglos atrás, cuando la esclavitud y el miedo al clítoris dominaron las creencias sobre la maternidad y el cuerpo femenino. Sin embargo, líderes como Juliana Domico abogan por una re-evaluación de estas costumbres, argumentando que la cultura no debería ser un pretexto para perpetuar la violencia. A medida que se promulga la nueva ley, la esperanza radica en que las políticas públicas resultantes comenzarán a cambiar las narrativas y a ofrecer un mejor camino hacia la salud y el bienestar para las mujeres y niñas de la comunidad.
A pesar de los cambios legislativos, Quiñonez se enfrenta a amenazas y presiones dentro de su propia comunidad por abogar el fin de la MGF. La educación y el diálogo son herramientas necesarias para superar este oscuro legado, y aunque se están creando espacios para conversaciones difíciles, el camino hacia la transformación es largo. Las nuevas generaciones de mujeres Emberá comienzan a cuestionar prácticas que alguna vez se consideraron tabú, y el papel de familiares como abuelas comienza a verse bajo una nueva luz. Reconocer el daño causado por la MGF y permitir a las mujeres entender sus cuerpos sin vergüenza son pasos cruciales hacia adelante en esta lucha por la dignidad femenina.












