Una demanda reciente en la Universidad de Cornell ha puesto a la fraternidad Chi Phi en el centro de una intensa controversia. Según la acusación, siete de sus miembros están implicados en el drogueo y la violación en grupo de una estudiante. Este caso ha desatado un llamado nacional a la acción, demandando no solo mayor vigilancia de las fraternidades en el campus, sino incluso su posible prohibición. A pesar de la gravedad de las acusaciones, solo dos de los presuntos responsables han sido expulsados, lo que ha generado una ola de críticas tanto de la comunidad universitaria como de las autoridades sobre la manera en que se ha gestionado el caso.
El presidente de Cornell, Michael Kotlikoff, se dirigió a la comunidad universitaria en un mensaje en video, asegurando que la universidad tomaría medidas serias respecto a la influencia de las fraternidades y hermandades en la vida del campus. Este pronunciamiento llegó en un momento crítico, cuando el clamor popular en el campus demandaba la prohibición de estas organizaciones. La protesta llevada a cabo el lunes, donde los asistentes corearon «¡Prohiban las fraternidades!», refleja el profundo descontento que siente la comunidad estudiantil ante lo que consideran un patrón de conducta destructiva en estas organizaciones.
Nick Syrett, autor de _The Company He Keeps: A History of White College Fraternities_, fue entrevistado sobre el caso y su historial. En sus declaraciones, Syrett señaló que este tipo de incidentes no son nuevos, y que existe una larga historia de agresiones en fraternidades que remonta a las décadas de 1970 y 1980. Además, Syrett destacó particularidades de las fraternidades que pueden fomentar comportamientos problemáticos, como su exclusividad de género y la cultura de masculinidad que promueven, lo cual, según él, crea un ambiente propicio para la violencia y otros actos de agresión.
En la discusión sobre una regulación más estricta de las fraternidades, Syrett indicó que, si bien estas organizaciones están sometidas a ciertas normas, la efectividad de tales regulaciones es cuestionable. Al prohibir una fraternidad, la universidad pierde control sobre su funcionamiento, lo que a menudo conduce a la perpetuación de las actividades clandestinas. A pesar de que algunas fraternidades han tomado medidas para disminuir el consumo de alcohol y erradicar el acoso, muchos otros capítulos continúan operando sin supervisión efectiva, lo que alimenta la preocupación de que problemas de violencia y abuso persistan.
Finalmente, Syrett reflexionó sobre por qué, a pesar de los escándalos recurrentes, la membresía en fraternidades sigue siendo altamente resistente. La promesa de amistad y camaradería que ofrecen estas organizaciones atrae a jóvenes universitarios que buscan un sentido de pertenencia, especialmente en un entorno nuevo y desafiante. La presión de grupos más grandes y el fuerte vínculo de lealtad que se establece durante el proceso de iniciación convierte a estas organizaciones en espacios difíciles de desmantelar. Según Syrett, aunque los problemas de agresión sexual y consumo excesivo de alcohol no desaparecerían por completo si las fraternidades fueran abolidas, sí se reducirían significativamente al eliminar la estructura que fomenta tales comportamientos.
















